Por Gustavo Restivo
La escena es brutal y, al mismo tiempo, cotidiana en la política argentina: una camioneta descapotada, el presidente de la Nación exhibido como en un ritual de contacto popular, una multitud que lo aclama, otra que lo insulta, y de pronto las piedras, huevos, botellas, ramas. El repertorio de la agresión física se repite como una coreografía de viejas batallas políticas. Javier Milei debió ser evacuado por su custodia en Lomas de Zamora, ese territorio donde el peronismo suele sentir que la historia le pertenece. No hubo heridos graves, sólo la confirmación de que la violencia no se retira de la vida pública argentina, aunque cambien las épocas y los protagonistas.
El presidente habló de “piedras desprovistas de ideas”. No es una mala síntesis: la piedra, materia primaria, convertida en símbolo de un retroceso. Las piedras evocan un tiempo anterior a la palabra, un gesto que no discute sino que destruye. Milei las leyó en clave electoral: no como un accidente, sino como un recordatorio de lo que él define como “el kirchnerismo nunca más”. Es decir, una piedra transformada en eslogan de campaña.
El oficialismo, con Patricia Bullrich y Manuel Adorni a la cabeza, no perdió la oportunidad de identificar a los culpables. Los “cavernícolas del pasado”, dijo el vocero. La metáfora es pobre pero eficaz: sitúa a la oposición en un tiempo premoderno, sin lenguaje, sólo con músculos y violencia. Del otro lado, el kirchnerismo niega la acusación y devuelve la pelota: investigar, dicen, es la obligación del gobierno, no improvisar culpables. En esa disputa, lo cierto es que alguien arrojó piedras y que esas piedras impactaron más fuerte en el relato político que en la chapa de la camioneta presidencial.
Lomas de Zamora no es un escenario neutro. Allí la política no se juega en abstracto: es un bastión simbólico, una de las usinas históricas del peronismo bonaerense. Que Milei decida mostrarse allí no es casual. Es un gesto de conquista: desafiar al adversario en su propia casa. Pero la conquista tiene riesgos. El acto derivó en choque: gritos de un lado, insultos del otro, empujones, arañazos, una fotógrafa herida, militantes denunciando agresiones. Todo el repertorio de la polarización argentina, en miniatura, condensado en una avenida suburbana.
La oposición no inventa la violencia: la hereda y la prolonga. El oficialismo tampoco la padece como un hecho inédito: la usa para legitimar su relato de víctimas que enfrentan un sistema acorralado. En ese sentido, lo ocurrido es menos un accidente y más un episodio de la dramaturgia política argentina. Milei, que siempre se presenta como outsider, ahora ocupa el lugar clásico del presidente asediado. Sus adversarios, al recurrir a la piedra, lo legitiman como víctima. En política, los errores del enemigo valen doble.
Los gestos posteriores también dicen mucho. José Luis Espert, que iba en la caravana, responsabilizó directamente al intendente Federico Otermín. Acusación maximalista, casi automática: no se buscan pruebas, se construye un culpable. Bullrich, más calculadora, habló de “nivel de desesperación” en la oposición. El kirchnerismo, por su parte, se enreda en el reflejo defensivo; niega, acusa de montaje, reclama investigación. Nadie asume que la violencia política tiene raíces profundas, que no depende de un nombre propio ni de un partido, sino de un modo de hacer política donde la piedra es siempre posible.
La seguridad actuó con rapidez. GEO, escudos, evacuación. El repertorio técnico contrasta con el primitivismo de la piedra. La escena resume el desajuste argentino; fuerzas especiales para repeler objetos lanzados por manos enardecidas. Es un choque entre alta tecnología y rudimentaria barbarie, en un mismo espacio.
Lo grave no es el hecho aislado —un presidente atacado en campaña—, sino lo que revela, que en el calendario electoral argentino, la violencia sigue siendo una opción de intervención política. Que los votantes no sólo eligen en las urnas, también en la calle, con la posibilidad de que una piedra diga lo que no puede articularse en discurso. Y que los partidos, lejos de condenarla sin matices, la integran al relato con rapidez.
El 7 de septiembre se votará en medio de esta polarización, con Milei como figura central de la disputa. Las piedras no lo detuvieron; al contrario, lo fortalecen en su narrativa de líder asediado. La pregunta, entonces, no es quién lanzó la primera piedra, sino cuánto tiempo más la política argentina seguirá eligiendo la piedra sobre la palabra.
La interna como telón de fondo
El episodio de violencia no ocurre en un vacío. Se da, además, en un momento donde La Libertad Avanza atraviesa su propia guerra intestina. Karina Milei, hermana del presidente y secretaria general de la Presidencia, se impuso en el armado electoral frente a Santiago Caputo, el estratega digital que fue pieza clave de la campaña que llevó a Milei al poder. La disputa por el control de las listas en la provincia de Buenos Aires dejó a Caputo relegado, y a Karina consolidada en el “triángulo de hierro” junto al presidente y Guillermo Francos.
Este choque interno, que opone territorio contra relato digital, se suma al escenario de hostilidad externa. Mientras Milei denuncia al kirchnerismo por los ataques, en su propio espacio se libra una lucha silenciosa por quién define candidaturas y estrategias. La piedra arrojada desde una vereda enemiga convive con el filo de las tensiones en la mesa chica oficialista.
Así, el ataque en Lomas de Zamora se convierte en un doble símbolo: de la violencia política que persiste en la calle y de la fragilidad que atraviesa al propio gobierno en su interior. Milei se muestra como líder asediado por fuera y por dentro, y en esa condición construye su relato electoral. La Argentina, una vez más, confirma que el poder nunca es un bloque compacto: es un campo de disputas, donde incluso el presidente debe cuidarse tanto de las piedras como de las sombras que lo rodean.











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