El humor puede abrir una conversación difícil, poner en evidencia una contradicción o reducir a un adversario a una caricatura. En la tribuna de las Naciones Unidas, donde cada palabra llega a públicos con historias distintas, una risa también es una decisión política.
Hay un instante revelador en algunos discursos. El orador dice una frase, la sala se ríe y él espera antes de continuar. Durante esos segundos parece que todos comparten algo. Pero conviene escuchar con atención: ¿se ríen juntos de una situación que reconocen? ¿Se ríen de alguien que ha quedado expuesto? ¿O se ríen del propio orador, aunque este esperaba una reacción diferente?
La pregunta importa porque el humor no es un descanso de la política. También establece vínculos, distribuye simpatías y decide quién queda dentro de la conversación. En un escenario internacional, una frase ingeniosa puede facilitar un reclamo serio. Puede, igualmente, hacer que ese reclamo se pierda detrás de la ocurrencia.
En abril de 2026, Carlos III habló ante el Congreso de Estados Unidos en el año en que ese país conmemoraba los 250 años de su independencia del Reino Unido. La escena tenía una dificultad histórica: un rey británico se dirigía a los representantes de una nación que había nacido al separarse de la corona. El monarca podía eludir aquella ruptura o tratarla con gravedad ceremonial. Eligió recordarla con humor.
Bromeó sobre la larga memoria británica, sobre su antepasado Jorge III y sobre las diferencias entre dos países que, como había observado Oscar Wilde, tienen casi todo en común salvo el idioma. El público pudo reírse de una historia que alguna vez había sido motivo de guerra. Después llegaron los asuntos difíciles: las alianzas, la seguridad, Ucrania y la responsabilidad frente al deterioro de la naturaleza.
El analista Luis Antonio Espino vio allí una lección de retórica diplomática. El rey había encontrado una forma de expresar desacuerdos sin presentar a sus anfitriones como adversarios. Su humor tenía un rasgo decisivo: también alcanzaba a su propia posición. Un descendiente de la monarquía derrotada en la guerra de independencia reconocía, mediante una broma, que no estaba allí para reclamar el pasado. Así podía pedir atención para el presente.
Eso no significa que una buena broma obtenga una concesión diplomática. El aplauso no modifica por sí solo una política exterior. Significa algo más modesto y valioso: durante unos minutos, el orador consiguió que una audiencia diversa siguiera escuchando una petición que podía incomodarla.
La risa, sin embargo, no siempre obedece a quien ocupa el atril. En 2018, Donald Trump dijo ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que su administración había logrado más que casi cualquier otra en la historia estadounidense. La sala respondió con risas. Trump interrumpió su lectura y reconoció que no esperaba esa reacción. Había acudido a afirmar autoridad; una parte del auditorio recibió su afirmación como una exageración.
La escena permite distinguir entre hacer reír y provocar risa. En el primer caso, el orador conduce a la audiencia hacia un sentido que ambos reconocen. En el segundo, la audiencia puede encontrar en sus palabras un sentido que él no había previsto. Un presidente dispone de una tribuna privilegiada, pero no posee el significado final de lo que dice.
Hugo Chávez comprendía, por su parte, el poder de la imagen provocadora. En 2006 llamó «diablo» a George W. Bush desde la tribuna de la ONU. Su denuncia de la política estadounidense quedó asociada a esa palabra. Para sus seguidores, la provocación condensaba un conflicto real de poder. Para sus críticos, confirmaba una forma de confrontación que dificultaba escuchar el resto del argumento. Ambas recepciones muestran el riesgo de una metáfora demasiado poderosa: puede llevar un mensaje por el mundo y, al mismo tiempo, reemplazarlo.
Nayib Bukele ensayó otro camino. En 2019 se tomó una selfie antes de hablar ante la Asamblea. Quería mostrar que una imagen publicada en las redes alcanzaría a más personas que el discurso pronunciado en aquel recinto. El gesto cuestionaba el formato mismo de la reunión y consiguió que se hablara de él. Quedaba abierta una pregunta menos cómoda: ¿cuántos de quienes vieron la fotografía escucharon después las razones de su crítica?
Son escenas distintas, separadas por sus intenciones y sus circunstancias. Sería pobre convertirlas en un campeonato de oradores simpáticos. Lo interesante es observar qué le pide cada mandatario al lenguaje. Carlos III procura sostener un vínculo en medio de diferencias. Trump busca reconocimiento y encuentra incredulidad. Chávez convierte a un adversario en símbolo. Bukele hace de su propio discurso una demostración sobre la atención contemporánea.
En una asamblea que reúne a los países del mundo, el humor exige además considerar a quienes no están en la sala. Los delegados escuchan mediante intérpretes; millones de personas conocerán apenas un fragmento subtitulado en su teléfono. Una ironía apoyada en una historia compartida puede perder esa historia al cruzar una frontera. Y un chiste hecho ante representantes de gobiernos llega también a ciudadanos que viven bajo las consecuencias de sus decisiones.
¿Son compatibles, entonces, el humor y un reclamo profundo? Sí. Una ironía bien dirigida puede mostrar la distancia entre lo que las naciones prometen y lo que hacen. Puede abrir espacio para una verdad incómoda allí donde una acusación frontal produciría una defensa inmediata. Pero esa posibilidad obliga al orador a elegir con cuidado el blanco de la risa. Hay una diferencia moral entre señalar la contradicción de una institución y buscar complicidad a costa de quienes sufren una guerra, una expulsión o el hambre.
Quizá el efecto más duradero de un discurso no sea la carcajada que consigue en el momento, sino la conversación que deja cuando termina. ¿Ayudó a comprender un problema? ¿Permitió que alguien escuchara un reclamo que antes rechazaba? ¿O entregó una frase memorable a cambio de perder la cuestión que pretendía defender?
La próxima vez que un presidente haga reír a la Asamblea, valdrá la pena esperar a que la sala recupere el silencio. Entonces llegará la prueba verdadera: escuchar qué dice después, a quién se dirige y si sus palabras ofrecen al mundo alguna razón para seguir conversando.


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