Mestre, entre la bandera radical y la fractura eterna




 Por Gustavo Restivo.- 

Cuando Ramón Mestre enfrenta ahora el escenario electoral del 26 de octubre, no sólo lo hace contra fuerzas externas; es también una elección en la que se juega la propia identidad del radicalismo cordobés. Su reivindicación de la “Lista 3” como guardiana de la tradición interna de la UCR —frente a aliados cuestionados, acuerdos opacos y alianzas pragmáticas— revela el cruce entre coherencia ideológica y desafío organizativo.

En Córdoba, mientras el peronismo compite fragmentado —con tres listas distintas—, el UCR también se desangra por dentro. Mestre se erige como defensor del partido contra Ferrer y De Loredo, a quienes acusa de quebrar el sistema democrático interno, negar una interna obligatoria y utilizar métodos de cúpula para imponer candidatos.

Sin embargo, la reacción de la conducción radical —encabezada por De Loredo y Generación X— ha sido radicalmente opuesta: presionar para suspender internas y avanzar con negociaciones con PRO y La Libertad Avanza. Esto evidencia una encrucijada histórica: identidad radical versus lógica electoral pragmática.

La justicia electoral determinó que la interna debía celebrarse el 10 de agosto, restableciendo la Carta Orgánica declarada en suspenso por los sectores deloredistas. Esa lucha, aun judicializada, revela un radicalismo dividido entre quienes abrazan la tradición de debate interno y quienes priorizan alianzas para subsistir políticamente.

Más allá del conflicto interno, del otro lado del ring esperan Milei, el peronismo dividido, y un electorado inquieto por inflación, inseguridad y deterioro en servicios básicos. En ese contexto, Mestre propone un radicalismo coherente, comprometido socialmente y distante tanto del libertarismo como del peronismo.

Pero, ¿es suficiente esa coherencia para ser competitivo?



Conclusión

La estrategia de Mestre es noble: recuperar un partido con identidad, historia y discurso. Su discurso apela a la transparencia y a la recuperación de dinámicas democráticas. No obstante, corre el riesgo de quedarse aislado entre pactos pragmáticos de su propia fuerza y divisiones dentro del electorado opositor.

Este es, sin duda, un momento de definición: el radicalismo deberá responder si mantiene su esencia —aunque sea minoritaria— o si se adapta a la política de coaliciones inmediatas. En juego no está sólo una banca, sino el futuro mismo del legado radical cordobés.

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