Dios no vota.



El pastor de Milei dice que “en el cristianismo no hay lugar para la izquierda”. Cuando la religión se vuelve trinchera política, pierde su alma universal.


Por Gustavo Restivo

La reciente afirmación del pastor Gabriel Ballerini —“En el cristianismo no hay lugar para la izquierda”— no es una excentricidad verbal, sino un síntoma de una mutación peligrosa: la instrumentalización de la fe como herramienta ideológica. El cristianismo, que por siglos ha sido refugio, consuelo y puente entre mundos disímiles, comienza a convertirse, en manos de ciertos actores, en una aduana ideológica. Ya no se trata de creer en Dios, sino de pensar correctamente para tener derecho a la fe.


 


Ballerini, ex pastor, teólogo y activista contra la legalización del aborto, no oculta su cruzada: ve en la “batalla cultural” un paso previo a la toma del poder político. Su participación en eventos como la Derecha Fest, donde compartió escenario con Javier Milei, la pastora Barroso y conferencistas de discurso bélico, confirma que lo espiritual se ha fusionado con lo partidario.

El problema no es que un creyente se comprometa políticamente —eso es legítimo—, sino que un ex pastor se arrogue el derecho de excluir a millones de cristianos que no comulgan con su ideología. “Cristiano progre es como decir nieve negra”, ironiza, comparando esa idea con “carne vegana” o “Cristina inocente”. Es una frase pensada para humillar, no para convencer; para dividir, no para integrar.

El credo como frontera

¿Puede un cristianismo que se proclama universal excluir al 40% del electorado que alguna vez votó por fuerzas progresistas o peronistas? ¿Quién decidió que el mandamiento “no robarás” implica que la única política cristiana posible es la propiedad privada, y no también el compartir con el necesitado?

El propio Ballerini se explaya: para él, el kirchnerismo fue una “coalición de delincuentes”, acusación que mezcla con imágenes de “penes de madera” y “adoctrinamiento de niños”. Es un discurso que, aunque eufórico, está cargado de desprecio: convierte a un adversario político en un enemigo moral. En esa lógica, la política deja de ser un espacio de debate y se convierte en una cruzada.



Milei y la estrategia de los altares

No es casual que Javier Milei haya citado a Ballerini en su discurso en Chaco, al inaugurar un templo evangélico. Su narrativa mesiánica necesita profetas que lo legitimen. Si su cruzada libertaria aspira a refundar el país, necesita una fe que la santifique. Y ahí aparece el pastor devenido en político, el teólogo que cambia el púlpito por la tribuna.

Pero esta alianza no está exenta de peligros. Cuando el poder político se apoya en líderes religiosos con discursos tan radicales, se debilita la pluralidad, se tensa la convivencia democrática y se erosiona la idea misma de fe como refugio común. El cristianismo no nació para acompañar gobiernos ni bendecir presidentes: nació para dar esperanza, aun en medio de las diferencias.

La fe no es un búnker

Lo que está en juego no es menor: si aceptamos que solo pueden ser cristianos aquellos que votan “bien”, ¿qué lugar queda para el disenso, para la libertad de conciencia, para el amor al enemigo? Si la fe se convierte en búnker, ¿quién quedará adentro?

La Iglesia —en su más amplio sentido— debería recordar que su misión no es ganar elecciones, sino acompañar almas. Y que Jesús no preguntaba por quién votaban sus discípulos, sino si eran capaces de amar.




0 Comentarios